Categoría: coaching transpersonal

¿Qué buscamos cuando buscamos éxito?

Éxito. Que palabra tan común. Que concepto tan presente en nuestras vidas. Hacer algo y que el resultado sea excelente. Que guste. Que cause admiración. Que sea mejor que los resultados de muchos otros. Incluso que sea el mejor de todos los resultados de la historia de la humanidad.
El éxito contiene de manera ineludible una comparación. Buen resultado, en relación a lo que se calificaría como malo. Mejor en relación con lo que sería peor. Incluso, en numerosas ocasiones, el éxito conlleva competición. Ser el mejor, porque el resto son peores. Ganar un premio, una competición.

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El infierno del yo

Los humanos buscamos ser felices y no sufrir. Tenemos un sistema automático diseñado exclusivamente para sobrevivir y tomar las riendas de la gestión de nuestra vida desde un lugar automático.
Para este sistema, la felicidad es un buen ingrediente de la supervivencia en el medio y largo plazo, ya que el sufrimiento supone poner en riesgo la viabilidad de la vida. Por tanto, la ausencia de sufrimiento es ya un ingrediente de la felicidad y es el ingrediente indispensable para la supervivencia.

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El peligro de crecer: el ego espiritual

Cuando impulsados por nuestras vivencias, nuestras incomodidades, por los golpes de la vida o por sus llamadas, iniciamos un camino de autoconocimiento y ampliación de conciencia suelen suceder algunas consecuencias. Las conversaciones habituales en las reuniones sociales suelen perder relevancia, el contacto con el mundo se abre a una mayor perspectiva, y se nos muestra ante nosotros la enorme diversidad en la que los humanos nos engañamos a nosotros mismos.

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El empinado viaje de la conciencia

Hoy hablaba con un futuro alumno de la formación de coaching transpersonal y le preguntaba si tenía contacto con la práctica de la meditación. Él me contestaba que sí que había hecho algunos retiros de silencio y meditación de una semana o 10 días. Entonces con naturalidad yo le pregunté: “Entonces, ¿meditas habitualmente? ¿Sigues la práctica de manera constante?”. Y me respondía. “No. Últimamente llevo tiempo que no me pongo. Estoy un poco desconectado. El día se me va y no acabo de encontrar el hueco”.

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El desafío de los 4 inconmensurables: la humildad de un corazón abierto

A lo largo de varios escritos hemos hablado de esas cualidades del ser que nos abren a una vida más plena de aceptación y de entrega al camino de la conciencia. Que nos conectan con nosotros mismos y con lo que realmente somos. Los llamados cuatro inconmensurables: La bondad amorosa, la compasión, la alegría empática y la ecuanimidad.
Sin embargo, una y otra vez el camino se vuelve empinado para todos.

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Ecuanimidad: el corazón inquebrantable de la sabiduría

En un mundo donde todo cambia, donde lo inesperado nos visita a diario y las emociones oscilan como un péndulo entre la euforia y la frustración, hay una cualidad que actúa como ancla y refugio: la ecuanimidad. Esta palabra, a veces percibida como fría o distante, es en realidad una de las expresiones más profundas de la libertad interior. Es la última de las cuatro cualidades inconmensurables del budismo —junto al amor benevolente, la compasión y la alegría empática— y su función es sostenerlas a todas con equilibrio y sabiduría.

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La salida es hacia adentro: una visión desde el coaching transpersonal

Vivimos en un mundo hiper estimulado, donde la atención está constantemente dirigida hacia lo externo: logros, apariencias, validación social, productividad. Sin embargo, en el viaje profundo de la transformación personal, hay una verdad fundamental que resuena con una potencia silenciosa pero imparable: la salida es hacia adentro.
Esta frase, aparentemente paradójica, encierra una de las claves más profundas del proceso de coaching transpersonal.

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La alegría empática: celebrar la felicidad del otro

En un mundo donde el estrés, la competencia y la comparación son constantes, hablar de alegría empática puede parecer casi revolucionario. ¿Qué pasaría si, en lugar de sentir celos o indiferencia ante el éxito ajeno, experimentáramos una felicidad genuina por la dicha de los demás? Esa es precisamente la propuesta de la alegría empática, uno de los cuatro inconmensurables del budismo, también conocidos como las cuatro moradas sublimes: el amor benevolente (mettā), la compasión (karuṇā), la alegría empática (muditā) y la ecuanimidad (upekkhā).

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¿Qué buscamos cuando buscamos éxito?

Éxito. Que palabra tan común. Que concepto tan presente en nuestras vidas. Hacer algo y que el resultado sea excelente. Que guste. Que cause admiración. Que sea mejor que los resultados de muchos otros. Incluso que sea el mejor de todos los resultados de la historia de la humanidad.
El éxito contiene de manera ineludible una comparación. Buen resultado, en relación a lo que se calificaría como malo. Mejor en relación con lo que sería peor. Incluso, en numerosas ocasiones, el éxito conlleva competición. Ser el mejor, porque el resto son peores. Ganar un premio, una competición.

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El infierno del yo

Los humanos buscamos ser felices y no sufrir. Tenemos un sistema automático diseñado exclusivamente para sobrevivir y tomar las riendas de la gestión de nuestra vida desde un lugar automático.
Para este sistema, la felicidad es un buen ingrediente de la supervivencia en el medio y largo plazo, ya que el sufrimiento supone poner en riesgo la viabilidad de la vida. Por tanto, la ausencia de sufrimiento es ya un ingrediente de la felicidad y es el ingrediente indispensable para la supervivencia.

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El peligro de crecer: el ego espiritual

Cuando impulsados por nuestras vivencias, nuestras incomodidades, por los golpes de la vida o por sus llamadas, iniciamos un camino de autoconocimiento y ampliación de conciencia suelen suceder algunas consecuencias. Las conversaciones habituales en las reuniones sociales suelen perder relevancia, el contacto con el mundo se abre a una mayor perspectiva, y se nos muestra ante nosotros la enorme diversidad en la que los humanos nos engañamos a nosotros mismos.

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Sostener el dolor el tiempo suficiente para que se transforme en amor

Todos los humanos sabemos lo que es sentir dolor. Los hemos padecido muchas veces a lo largo de nuestra vida. De niños hemos conocido profundamente el dolor por primera vez, lo recordemos o no. De adolescentes, en ese conflicto con la vida y ese no entender el molde en el que tenemos que meternos. De ser rebeldes en la juventud, el dolor del corazón partido, del rechazo amoroso o la dificultad con los padres y hermanos o el dolor relacional de cómo colocarnos en los grupos. Después vendrán las parejas, los matrimonios, la carrera profesional, los emprendimientos, las hipotecas, los desafíos de la crianza de los hijos… Todo con sus luces y sus sombras. A pesar de ello, no se

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El empinado viaje de la conciencia

Hoy hablaba con un futuro alumno de la formación de coaching transpersonal y le preguntaba si tenía contacto con la práctica de la meditación. Él me contestaba que sí que había hecho algunos retiros de silencio y meditación de una semana o 10 días. Entonces con naturalidad yo le pregunté: “Entonces, ¿meditas habitualmente? ¿Sigues la práctica de manera constante?”. Y me respondía. “No. Últimamente llevo tiempo que no me pongo. Estoy un poco desconectado. El día se me va y no acabo de encontrar el hueco”.

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El desafío de los 4 inconmensurables: la humildad de un corazón abierto

A lo largo de varios escritos hemos hablado de esas cualidades del ser que nos abren a una vida más plena de aceptación y de entrega al camino de la conciencia. Que nos conectan con nosotros mismos y con lo que realmente somos. Los llamados cuatro inconmensurables: La bondad amorosa, la compasión, la alegría empática y la ecuanimidad.
Sin embargo, una y otra vez el camino se vuelve empinado para todos.

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Ecuanimidad: el corazón inquebrantable de la sabiduría

En un mundo donde todo cambia, donde lo inesperado nos visita a diario y las emociones oscilan como un péndulo entre la euforia y la frustración, hay una cualidad que actúa como ancla y refugio: la ecuanimidad. Esta palabra, a veces percibida como fría o distante, es en realidad una de las expresiones más profundas de la libertad interior. Es la última de las cuatro cualidades inconmensurables del budismo —junto al amor benevolente, la compasión y la alegría empática— y su función es sostenerlas a todas con equilibrio y sabiduría.

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La salida es hacia adentro: una visión desde el coaching transpersonal

Vivimos en un mundo hiper estimulado, donde la atención está constantemente dirigida hacia lo externo: logros, apariencias, validación social, productividad. Sin embargo, en el viaje profundo de la transformación personal, hay una verdad fundamental que resuena con una potencia silenciosa pero imparable: la salida es hacia adentro.
Esta frase, aparentemente paradójica, encierra una de las claves más profundas del proceso de coaching transpersonal.

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La alegría empática: celebrar la felicidad del otro

En un mundo donde el estrés, la competencia y la comparación son constantes, hablar de alegría empática puede parecer casi revolucionario. ¿Qué pasaría si, en lugar de sentir celos o indiferencia ante el éxito ajeno, experimentáramos una felicidad genuina por la dicha de los demás? Esa es precisamente la propuesta de la alegría empática, uno de los cuatro inconmensurables del budismo, también conocidos como las cuatro moradas sublimes: el amor benevolente (mettā), la compasión (karuṇā), la alegría empática (muditā) y la ecuanimidad (upekkhā).

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¿Qué buscamos cuando buscamos éxito?

Éxito. Que palabra tan común. Que concepto tan presente en nuestras vidas. Hacer algo y que el resultado sea excelente. Que guste. Que cause admiración. Que sea mejor que los resultados de muchos otros. Incluso que sea el mejor de todos los resultados de la historia de la humanidad.
El éxito contiene de manera ineludible una comparación. Buen resultado, en relación a lo que se calificaría como malo. Mejor en relación con lo que sería peor. Incluso, en numerosas ocasiones, el éxito conlleva competición. Ser el mejor, porque el resto son peores. Ganar un premio, una competición.

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Los humanos buscamos ser felices y no sufrir. Tenemos un sistema automático diseñado exclusivamente para sobrevivir y tomar las riendas de la gestión de nuestra vida desde un lugar automático.
Para este sistema, la felicidad es un buen ingrediente de la supervivencia en el medio y largo plazo, ya que el sufrimiento supone poner en riesgo la viabilidad de la vida. Por tanto, la ausencia de sufrimiento es ya un ingrediente de la felicidad y es el ingrediente indispensable para la supervivencia.

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El peligro de crecer: el ego espiritual

Cuando impulsados por nuestras vivencias, nuestras incomodidades, por los golpes de la vida o por sus llamadas, iniciamos un camino de autoconocimiento y ampliación de conciencia suelen suceder algunas consecuencias. Las conversaciones habituales en las reuniones sociales suelen perder relevancia, el contacto con el mundo se abre a una mayor perspectiva, y se nos muestra ante nosotros la enorme diversidad en la que los humanos nos engañamos a nosotros mismos.

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Hoy hablaba con un futuro alumno de la formación de coaching transpersonal y le preguntaba si tenía contacto con la práctica de la meditación. Él me contestaba que sí que había hecho algunos retiros de silencio y meditación de una semana o 10 días. Entonces con naturalidad yo le pregunté: “Entonces, ¿meditas habitualmente? ¿Sigues la práctica de manera constante?”. Y me respondía. “No. Últimamente llevo tiempo que no me pongo. Estoy un poco desconectado. El día se me va y no acabo de encontrar el hueco”.

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A lo largo de varios escritos hemos hablado de esas cualidades del ser que nos abren a una vida más plena de aceptación y de entrega al camino de la conciencia. Que nos conectan con nosotros mismos y con lo que realmente somos. Los llamados cuatro inconmensurables: La bondad amorosa, la compasión, la alegría empática y la ecuanimidad.
Sin embargo, una y otra vez el camino se vuelve empinado para todos.

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Ecuanimidad: el corazón inquebrantable de la sabiduría

En un mundo donde todo cambia, donde lo inesperado nos visita a diario y las emociones oscilan como un péndulo entre la euforia y la frustración, hay una cualidad que actúa como ancla y refugio: la ecuanimidad. Esta palabra, a veces percibida como fría o distante, es en realidad una de las expresiones más profundas de la libertad interior. Es la última de las cuatro cualidades inconmensurables del budismo —junto al amor benevolente, la compasión y la alegría empática— y su función es sostenerlas a todas con equilibrio y sabiduría.

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Vivimos en un mundo hiper estimulado, donde la atención está constantemente dirigida hacia lo externo: logros, apariencias, validación social, productividad. Sin embargo, en el viaje profundo de la transformación personal, hay una verdad fundamental que resuena con una potencia silenciosa pero imparable: la salida es hacia adentro.
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En un mundo donde el estrés, la competencia y la comparación son constantes, hablar de alegría empática puede parecer casi revolucionario. ¿Qué pasaría si, en lugar de sentir celos o indiferencia ante el éxito ajeno, experimentáramos una felicidad genuina por la dicha de los demás? Esa es precisamente la propuesta de la alegría empática, uno de los cuatro inconmensurables del budismo, también conocidos como las cuatro moradas sublimes: el amor benevolente (mettā), la compasión (karuṇā), la alegría empática (muditā) y la ecuanimidad (upekkhā).

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