Vivir en un mundo en conflicto sin endurecer el corazón es una de las prácticas espirituales más exigentes de nuestro tiempo. Abrimos el teléfono y aparece ante nosotros la injusticia, la polarización, el egoísmo, la guerra, el dolor, el miedo. Caminamos por la calle y notamos la prisa, la sospecha, la falta de confianza en el otro, el cansancio acumulado, la pérdida de ilusión y fortaleza. Y, sin embargo, dentro de todo ese ruido, la vida sigue desafiándonos con una íntima condición para la felicidad. Una petición sencilla y difícil al mismo tiempo: que permanezcamos presentes, despiertos, atentos y conscientes. ¿Cómo mantener la calma cuando el entorno se desmorona, cuando la dificultad parece cada vez más insalvable y refugiarnos en