Dentro de nosotros los seres humanos hay un ser puro y limpio. Siempre es así en cada uno de nosotros. Es la esencia o la naturaleza del ser humano. Sin embargo, ese ser inocente, no puede crecer en esta vida sosteniéndose en esa pureza. Porque no sabe sostener el dolor sin convertirlo en sufrimiento.
El dolor para el humano es muy difícil de sostener y sostener el sufrimiento casi imposible. Ante el dolor podemos simplemente abrirnos. Ante el sufrimiento solo sabemos defendernos y establecer estrategias de compensación o desconexión.
Aprender a sostener el dolor sin convertirlo en sufrimiento es, por tanto, parte de nuestro camino de crecimiento. El arte de hacernos adultos y responsables.
Sin embargo, nuestra necesidad biológica de supervivencia y la necesidad de defendernos del futuro, evitando el dolor, trae como consecuencia la fabricación del sufrimiento.
El sufrimiento como dolor psicológico anticipatorio de las consecuencias del dolor físico o emocional. El sufrimiento como proceso emocional y cognitivo, como sentimiento, que va más allá del dolor físico o emocional.
¿Dónde se origina este sufrimiento?
Los humanos no nos constituimos en un proceso de gestación de 9 meses como corresponde al proceso de desarrollo dentro del vientre de la madre. En realidad, nuestro periodo de constitución o creación como seres vivos autónomos es de 9 meses y 7 años aproximadamente.
En ese periodo de tiempo, el bebé nace a un mundo que no está diseñado para cubrir sus necesidades y en el que tendrá que aprender a sobrevivir, lo que significa, adaptarse. Para ello dispone de un sistema automático, orgánico y global que le permite analizar el entorno y evaluarlo de manera constante. A través del cuerpo, con algo que se ha denominado el marcador somático, se obtiene la información en forma de emociones y desde el organismo, de manera automática, se toman las medidas adecuadas para garantizar la supervivencia.
Pero el bebé de pocos meses tiene la capacidad de evaluación y recursos de adaptación que en ese momento evolutivo posee, que son muy básicos. No nacemos como otros animales con los sistemas plenamente desarrollados y un posterior crecimiento y aprendizaje a partir de los mismos, sino que nosotros, en ese periodo, aun nos estamos constituyendo y por tanto, generando los cimientos sobre los que estructuraremos el desarrollo y aprendizajes posteriores.
En el vientre de la madre, simplificando mucho, podríamos decir que el bebé ha vivido, hasta el momento del parto, en un estado plácido donde sus necesidades y la satisfacción de las mismas eran algo síncrono, y por tanto no había conciencia, aunque fuera a nivel orgánico, de sentir ninguna necesidad.
Una necesidad es una excitación o incomodidad en nuestro organismo que demanda una satisfacción para volver al estado de reposo. El estado de reposo es el estado relacionado con la estabilidad del organismo y su salud, por tanto, supervivencia. El estado de excitación es un estado diseñado para atraer la atención a la satisfacción de las necesidades, pero se trata de un estado idealmente temporal hasta que la necesidad sea cubierta y volvamos al estado de reposo. Permanecer en el estado de excitación de forma continuada en el tiempo está relacionado con la falta de salud y por tanto con el riesgo de la supervivencia. Es por este motivo, que no cubrir las necesidades puede llegar incluso a ser doloroso para el organismo. Este, hace saltar las alarmas ante la urgencia de acudir a cubrir la acuciante necesidad. Así, el sufrimiento es simplemente la continuada insatisfacción de una necesidad durante un largo periodo de tiempo. No tiene que ser necesariamente un tiempo determinado, eso está relacionado con la sensación de urgencia de la necesidad. En este sentido el sufrimiento sería no atender esa urgencia durante, lo que proporcionalmente a esa necesidad podríamos calificar de, un largo periodo de tiempo.
Esto es sufrir. Sostener la incomodidad corporal, emocional o incluso con elementos cognitivos, de estar sintiendo esa excitación en el organismo y no satisfacerla.
Cuando somos niños y nos enfrentamos al mundo con los pocos recursos que tenemos de afrontamiento entre los 0 y los 7 años, debemos encontrar la forma de superar el sufrimiento de las necesidades que de forma relevante o continuada en el tiempo quedan sin ser satisfechas. Desde el llanto del niño por la noche para que acudan sus padres, hasta el dolor de que los amigos del colegio nos hagan el vacío, pasando por la obligación de comer cuando ya nos sentimos saciados, la necesidad de hacerlo todo perfecto en casa para recibir el reconocimiento de los padres, o la imposibilidad de expresar las emociones en un entorno familiar donde éstas no son admitidas.
Cuando estos acontecimientos u otros de cualquier tipo, son continuados en el tiempo y de alguna forma consolidan un contexto, el niño o la niña, desde su organismo, de forma global, reacciona para superar el sufrimiento que supone sostener la necesidad sin cubrir. El organismo sabe que esta tensión cronificada nos aleja de la supervivencia y por ello, a través de su sistema automático, genera una estructura de defensa para mantenerse a salvo. Esta estructura supone lo que denominamos carácter y que junto con los temperamentos innatos formarán la estructura de la personalidad.
Así algunos somos extrovertidos y otros introvertidos. Tenemos vergüenza ante diferentes cosas. Sentimos el miedo con mayor o menor frecuencia. Tenemos una mayor o menor autoestima. Ponemos más o menos límites. Cedemos ante las necesidades de los demás o nos reivindicamos de forma más apasionada. Todos estos comportamientos y muchos más son el reflejo de una medida compensatoria para poder superar ese o esos periodos de sufrimiento que sentimos insostenibles en esa etapa entre 0 y 7 años.
En realidad, la herida es siempre la misma. Lo que podríamos llamar la herida primordial. El hecho de ser conscientes de que el mundo, el entorno que nos rodea, no está diseñado u orientado a cubrir nuestras necesidades como sí sentíamos que así era en el vientre de nuestra madre. Ahora estamos solos frente a un mundo que no entendemos y que puede acabar con nuestra supervivencia.
Además, como seres mamíferos sentimos la necesidad de la conexión social con el otro, la pertenencia, el formar parte de algo mayor y sentimos una profunda necesidad de amar y ser amados por nuestros padres.
Sabemos que para que podamos tener una oportunidad de supervivencia, tenemos que conseguir que el entorno nos cuide. Y esto significa que se preocupe por nosotros, que nos ame. También somos conscientes de que el entorno no se adaptará a nosotros y que tendremos que ser nosotros quienes nos adaptemos a él.
Así, nuestro extraordinario mecanismo de supervivencia, consciente de que el sufrimiento prolongado no es un buen indicador de salud viable, crea ese mecanismo de defensa o estructura de personalidad que se comporta respondiendo a una estrategia de sentirse a salvo y de lograr la desconexión o superación de aquellos acontecimientos que nos hicieron sufrir.
Y esto sucede porque con los recursos que teníamos en ese momento a una edad tan temprana, no éramos capaces de permanecer conectados con los acontecimientos y sostener y gestionar las emociones asociadas y las necesidades insatisfechas. No poseíamos la capacidad para buscar alternativas, poner límites o asumir la insatisfacción y el aprendizaje consecuente de no poder cubrir todas nuestras expectativas. Capacidades que sí tenemos como adultos pero que como niños no estaban disponibles. Por este motivo, el niño indefenso, tuvo que sobre adaptarse y modificarse para convertirse, en contra de su esencia, en un ser socialmente viable y susceptible de despertar el amor y el reconocimiento de los demás para garantizarse la pertenencia.
La acción que hizo el organismo en cierto sentido fue traicionarse a sí mismo en su ser más puro y esencial. Cubrirlo y taparlo con una coraza de amabilidad u hostilidad estratégicas, inauténticas, y orientadas a ganar ventaja o asegurar la seguridad. El sufrimiento subjetivamente vivido fue de tal calibre que el organismo no dudó en deformarse a sí mismo para poder cortar y disociarse del dolor. Generando una distancia entre la esencia del ser y su comportamiento al que llamamos yo.
La herida primordial de no sentirse suficiente, de no ser valioso o capaz de despertar el amor en los demás, era tan abrumadora que el cambio era imprescindible. El precio después ha sido enorme, porque dicha defensa se ha quedado impregnada en nosotros como si se tratara de una segunda piel. Se ha cronificado a través del cuerpo, de sus fascias y de sus tensiones. Se ha modificado la respiración para poder sentir menos el peso emocional de la herida pasada y se ha constituido todo un proceso automatizado de comportamiento que nos impide ser conscientes de forma clara de quiénes somos realmente.
Somos un personaje en el mercado del amor, del valor, del poder y de la pertenencia y no sabemos salir de unas respuestas automáticas que nos hacen infelices pero que siguen haciéndonos creen que nos mantienen a salvo.
Esa es la situación en lo más profundo, esa es la auténtica realidad. Aún hoy en día con todos nuestros recursos adultos, hay una parte profunda de nosotros, congelada en el tiempo, que sigue en esa edad entre los 0 y los 7 años, que sigue creyendo que, si vuelve ese dolor de entonces, seguiremos sin poder soportarlo. Cualquier comportamiento es mejor que tocar esa herida, que volver a sentir lo que recordamos inconscientemente como imposible de soportar.
Es nuestro infierno que llevamos dentro y maneja los hilos de nuestro comportamiento. Nos lleva a mentir, a no ser capaces de decir que no, a callar lo que sentimos o a impedirnos decir lo siento. Nos hace desconectar de las emociones o ponerlas en un pedestal. Nos desconecta de lo que es real y dicta nuestras respuestas. Es un enemigo íntimo que llevamos dentro de nosotros en los lugares donde no entra nadie, ni la luz, ni el aire. En esos lugares oscuros dentro de nuestra alma donde no nos atrevemos ni a mirar nosotros mismos. Ahí junto a la herida están los miedos, las dudas y también los comportamientos egocéntricos y mezquinos que la legitimidad de la seguridad nos permite ejecutar, aunque algo de nosotros siente culpa y vergüenza por ello.
Pero es cierto, que la herida, si no la enfrentamos, si no la hacemos emerger a la luz del día, nos someterá y si un ser querido nos obliga a elegir entre él y nuestra herida, entre él y nuestro sistema de defensa, elegiremos el sistema de defensa. Y así, nos engañaremos a nosotros mismos y al otro con tal de mantener inmaculada la imagen de los valores y la persona que nos gustaría ser, que pretendemos ser, pero que, en el fondo, no podemos ser.
No podemos dejar atrás o excluir nuestro sótano interno, ni nuestras sombras. Cuanto más a la luz pretendemos ponernos, más alargada es la sombra. Solo la verdad nos hará libres. Solo la vulnerabilidad que somos. Solo la compasión hacia nosotros mismos y hacia el otro. La mirada amable, aunque no indulgente por ello, de saber que estamos luchando como podemos para no ahogarnos en el río de la vida. Nadando, dando manotazos y haciendo daño porque sentimos que es la única manera de salvarnos.
Pero no es así. Somos mucho más grandes que nuestras heridas y la mirada transpersonal nos devuelve nuestra divinidad. La herida no debe extirparse, debe ser amada, comprendida, escuchada y compartida. Solo así su efecto se disipará y si eso trae como consecuencia el rechazo de los demás, eso significará que esos que nos rechazan siguen aún en sus sueños automáticos, siguen en sus miedos y en sus defensas y frente a eso no podemos hacer nada. Debemos respetar el sueño del otro. Y si nosotros despertamos y poco a poco vamos reuniendo el coraje de ser nosotros mismos, seremos una luz que atraerá a otros despiertos y estos no apartarán su mirada, sino que sentirán el deseo y el permiso de compartir también su luz con nosotros.
José Manuel Sánchez Sanz
Director de “El desafío de la conciencia”, del programa de coaching transpersonal, de los retiros de meditación y formador del curso sobre Eneagrama.