¿Qué buscamos cuando buscamos éxito?

Éxito. Que palabra tan común. Que concepto tan presente en nuestras vidas. Hacer algo y que el resultado sea excelente. Que guste. Que cause admiración. Que sea mejor que los resultados de muchos otros. Incluso que sea el mejor de todos los resultados de la historia de la humanidad.

El éxito contiene de manera ineludible una comparación. Buen resultado, en relación a lo que se calificaría como malo. Mejor en relación con lo que sería peor. Incluso, en numerosas ocasiones, el éxito conlleva competición. Ser el mejor, porque el resto son peores. Ganar un premio, una competición.

El éxito supone reconocimiento, valor, capacidad, admiración. Devoción, aplauso. Riqueza en la mayor parte de los casos.

Sin embargo, acechando, siempre llega al final un instante de verdad. Ese momento, después del aplauso, en el que todo vuelve a su sitio. El público se va, la luz baja, el ruido se retira como una marea. Y entonces aparece el silencio. Ese lugar sin testigos donde no sirve la apariencia ni la recompensa. En ese silencio, el éxito muestra su verdadera forma. A veces es alivio. A veces es un hueco vacío. A veces, incluso con todo “conseguido”, algo adentro susurra: “no era esto”.

Quizá por eso el éxito es una pregunta disfrazada de meta. Casi siempre no buscamos realmente llegar, lograr o conseguir. En realidad, lo que buscamos es ser vistos, ser amados, ser suficientes. Y el ego, siempre tan frágil y necesitado, aprende pronto a negociar. “Si consigo esto, me concederé por fin permiso para existir en paz. Si consigo esto por fin tendré un lugar seguro. Estaré a salvo. Seré visto. Seré respetado. Seré amado.”

Pero cuando todo se va, y queda lo real, viene el silencio. Se apodera del espacio y trae la posibilidad de lo evidente. El silencio no negocia. Solo revela.

El ego construye escaleras. Peldaño a peldaño, sube con disciplina. Títulos, logros, metas, reconocimientos. Y no hay nada malo en una escalera, gracias a ella podemos crecer, aprender, sostener una vida. El problema aparece cuando confundimos la escalera con el cielo. Cuando la altura se vuelve identidad, y cada peldaño exige otro para no sentir el vértigo de no saber quién soy sin mis resultados.

La esencia, en cambio, no sube, atraviesa. No conquista, se entrega. No necesita demostrar, tan solo habita. La esencia no compite, pero tampoco se esconde, simplemente es coherencia. Y a veces, justo cuando el ego cree que falta un último peldaño, la vida coloca un umbral frente a nosotros, una crisis, un cansancio, una pérdida, una verdad. Y ahí comienza otro tipo de éxito.

La mayor parte de las veces, el aplauso no celebra lo que hiciste, sino lo que representas. El aplauso nombra un personaje. El que pudo, el que llegó, el que “se superó”. Y el ego confunde ese sonido con pertenencia. Con amor. Por eso duele tanto perderlo. Por eso se vuelve adictivo. No porque sea malo, sino porque parece responder a una necesidad muy antigua. “Quiero que me vean, quiero importarle a alguien, quiero ser admirado”. En lo más profundo quiero ser válido, quiero sentir que soy alguien digno, alguien capaz, alguien que merece existir y que merece ser escogido, elegido, en definitiva, amado.

En ese sentido, el éxito del ego no es vanidad superficial, es una forma sofisticada de supervivencia emocional. Es el intento de asegurar amor con resultados, de comprar paz con metas, de garantizar valor con rendimiento. El problema es que lo que se compra así nunca se posee del todo. El ego vive bajo contrato: “valgo si…”. Y todo contrato tiene cláusulas: más esfuerzo, más control, más comparación, más miedo a caer.

El silencio, en cambio, no firma contratos. El silencio pregunta. Y sus preguntas son incómodas porque son simples. Pregunta ¿cómo estás, de verdad? No “¿cómo te va?”. No “¿qué lograste?”. No “¿qué piensan de ti los demás?”. Solo… ¿Cómo estás cuando nadie mira? ¿Cómo respira tu pecho? ¿Cómo de realmente habitado está tu cuerpo? ¿Cómo de viva es aquí y ahora tu mirada?

Ahí se distinguen dos éxitos, no por su relevancia, sino por su origen.

El éxito del ego suele tener esta melodía. Primero tensión, después alivio breve y luego de nuevo la tensión. Se siente como perseguir esa zanahoria que se mueve un paso por delante, inalcanzable. Incluso cuando hay alegría, hay una capa subterránea de exigencia. “No pares, no falles, no retrocedas, no pierdas lo que has ganado”. Y el precio aparece en lo cotidiano. En la incapacidad de descansar sin culpa. En la dificultad para disfrutar sin medir o comparar. En las relaciones que se vuelven escaparate o espejo.

El éxito de la esencia es menos teatral, más estable. Más sólido. No siempre llega acompañado de grandes signos externos. A veces ocurre en silencio, como un árbol que echa raíces. Se reconoce porque no te divide. Puede exigir valentía, coraje, sí, pero no exige que te traiciones. Se siente como en coherencia, como un “sí” que no viene del miedo. Y deja una marca distinta. Una presencia de verdad esencial aquí y ahora. Ese tipo de éxito no necesita que el mundo lo confirme y cuando se produce, en nuestro interior, todos somos capaces de reconocerlo. Se sienten sus efectos de manera profunda y transformadora. Es la coherencia de estar siendo realmente uno mismo en lo más esencial de esta expresión. Es como habitarse en lugar de defenderse. Es el yo desnudo frente al yo vestido hiper adaptado en busca del mejor lugar.

Quizá por eso el éxito esencial no compite con el éxito externo. Lo atraviesa y lo ordena. No rechaza metas. Las vuelve transparentes. No niega el deseo de crecer, sino que lo purifica. La esencia no te pide que abandones el mundo, sino que no te abandones a ti mismo para encajar en él.

Y entonces aparece la pregunta clave: ¿quién está buscando éxito en mí? ¿Es el ego intentando asegurarse valor? ¿O es la esencia intentando expresarse?

Un modo simple de notarlo es observar el movimiento interno. Cuando el ego conduce, hay prisa. Hay tensión. Hay un “no es suficiente”. Cuando la esencia conduce, hay dirección. Hay calma. Hay un “aquí es”.

Mientras el ego quiere el reconocimiento, la esencia quiere verdad. El ego pregunta: “¿cómo me ven?” y la esencia pregunta: “¿qué es lo correcto, lo vivo, lo real?”

Pero no demonicemos el ego. El ego es una identificación imposible de evitar en este mundo encarnado. El ego es necesario: organiza, protege, actúa, construye. El problema no es tener ego; el problema es vivir como si fuéramos solo eso. El ego es un buen instrumento y un mal soberano. Cuando gobierna, convierte la vida en examen. Cuando sirve, convierte la vida en expresión.

La integración, entonces, es el arte de poner cada cosa en su lugar: que el ego sea el vehículo y la esencia sea la dirección. Que la ambición no sea una fuga, sino una ofrenda.
Que el logro no sea una anestesia, sino un lenguaje.

Para acercarnos a esa dirección, a veces basta con detenerse y escuchar tres preguntas como quien escucha una campana interior:

  1. ¿Esto nace de la plenitud o de la carencia?
  2. ¿Qué coste vital estoy pagando por este éxito?
  3. Si nadie lo viera, ¿lo elegiría igual?

 

Si contestas con honestidad, es posible que algo se desplace por dentro. No necesariamente abandonarás tu meta. Quizá solo cambies el lugar desde donde la persigues. Y eso ya es una revolución silenciosa: dejar de correr para ser suficiente, y empezar a caminar para ser verdadero.

La vida es como una pista de atletismo. Tú llegas, te sitúas en la calle que te corresponde, y sin mirar a los lados, corres lo más que puedas. Das lo mejor de ti. Tu expresión más genuina y verdadera. Tu 100%. Sin mirar a los lados, corriendo como si lo hicieras solo. Dando lo máximo.

Al finalizar la carrera, paras y te vas. No te esperas a saber “quien ganó”. Eso ya lo sabes, si diste tu mejor versión en ese momento y no eludiste la responsabilidad de la carrera, entonces ya lo sabes. Ganaste tú.

Otra cosa distinta es cuál de los corredores llegó antes. Eso es el resultado del ego y eso es irrelevante. Creemos que es lo que realmente mide las cosas. El famoso resultado… No. Lo que mide las cosas es la acción, con independencia del resultado y si das tu mejor versión, ya has ganado.

Ve, da tu mejor versión y no seas esclavo del resultado.

Porque al final, el éxito verdadero es, en realidad esto: que tu vida por fuera no te obligue a vivir lejos por dentro. Y que cuando el aplauso se apague, que el silencio no te juzgue, sino que te reciba.

Imagen de José Manuel Sánchez Sanz

José Manuel Sánchez Sanz

Director de “El desafío de la conciencia”, del programa de coaching transpersonal, de los retiros de meditación y formador del curso sobre Eneagrama.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Últimas entradas
Suscríbete a la newsletter

Recibe en tu correo nuevos artículos y novedades.

Desarrollo transpersonal

Ciclo de conferencias 2026.
Un encuentro al mes, gratuito

Taller transpersonal

 Introducción al programa
de Coaching transpersonal
– 1 de julio a las 19:00 –

(inscripción gratuita)

Newsletter EDC

Recibe en tu correo nuevos artículos y novedades de El desafío de la conciencia