Los humanos buscamos ser felices y no sufrir. Tenemos un sistema automático diseñado exclusivamente para sobrevivir y tomar las riendas de la gestión de nuestra vida desde un lugar automático.
Para este sistema, la felicidad es un buen ingrediente de la supervivencia en el medio y largo plazo, ya que el sufrimiento supone poner en riesgo la viabilidad de la vida. Por tanto, la ausencia de sufrimiento es ya un ingrediente de la felicidad y es el ingrediente indispensable para la supervivencia. De esta forma, el sistema automático compra una felicidad en la dosis suficiente como para sostener una adecuada garantía de supervivencia y suelta todo lo demás. Así las necesidades esenciales del humano pasan a ser no sufrir y después ser “lo más feliz posible”.
Este cambio de orden que tiene que ver con la jerarquía de la pirámide de Maslow, va a convertirse en el mapa inconsciente que dirige nuestra vida. Ahorrar energía y evitar cualquier cosa que no nos haga sentirnos “a salvo”.
Como consecuencia de esto, surge una relación con nosotros mismos en la que buscamos ser vistos, ser valiosos, ser reconocidos, ser aceptados, ser amados, tener éxito, ser capaces, ser eficientes, ser brillantes en alguna dimensión… ser, ser, ser… este es el universo del yo. De la experiencia vivida a la que llamamos yo.
Yo necesito, yo quiero, yo pido, yo me merezco, o yo no me merezco, yo no valgo, yo no soy capaz, yo soy mejor, yo soy especial… yo, yo, yo…
El otro o los demás “yoes” de la existencia no son más que una manifestación más del peligro o del riesgo. El otro puede dañarme, hacerme sentir vergüenza, juzgarme, agredirme, rechazarme, abandonarme, traicionarme. Pero lo necesito, necesito sentir que pertenezco y que formo parte y, por tanto, ese otro con tanto poder sobre mí, debe ser mi aliado en algunos casos, y alejado en otros en busca de mi salvador aislamiento.
Así, nace la seducción, la manipulación, el agradar, el caer bien, el gustar, el amedrentar, el retar, el desobedecer, el someter y el someterse. Juegos y más juegos para no perder y para poder obtener la atención en el mercado despiadado del amor.
El universo está ante mí y “yo” tengo que buscarme la vida. Es la necesidad de tener un buen lugar, de garantizarme la supervivencia y la sensación de felicidad que sea capaz de alcanzar. Es como una carrera, una competencia en la que la seguridad es la medida de todas las cosas.
Este es un lugar insatisfactorio. Ya que no soy capaz en realidad de escuchar lo que yo siento, lo que yo necesito, lo que me falta.
No es por tanto un proceso de mirarme con amor a mi mismo, no es un cuidado real hacia uno mismo, es más un proceso de ganar un mejor lugar.
Pero si quiero avanzar, el viaje hacia mi “yo” verdadero es ineludible.
En el camino de la ampliación de conciencia hay un primer lugar que es “comprender” cómo me he traicionado a mí convirtiéndome en un personaje que busca la aprobación o la pertenencia a este mundo. Busco un lugar en el mundo y lo busco desde la demostración de mi valía, o desde la imposición de la fuerza tomando lo que deseo, o siendo el más inteligente o la más eficaz, el más listo, el más avispado o avispada o también siendo el más comprensivo, la que más aporta, el que más ayuda, la que más se compromete o incluso siendo el más necesitado, el más afectado y el que también manipula desde la víctima.
Sea como sea las relaciones que llevo a cabo en la vida como miembro del sistema humano, son relaciones de poder, donde ejerzo el dominio desde arriba o cierta manipulación paternalista, o ejerzo el dominio desde la rebeldía, o manipulo desde abajo, desde la victima o desde la ventaja seductora.
Sea como fuere, descubrir que no estoy siendo un yo real sino uno domesticado para poder tener un lugar, es un primer descubrimiento de que ese yo, que he fabricado, es una trampa, una cárcel a veces de oro, o de hierro envejecido desde la aparente humildad o la moral victimista.
Puede tratarse de un infierno consciente. Siento el malestar que esto me causa, pero no sé actuar de otra forma. O quizá es inconsciente. No lo siento y vivo en el infierno del “olvido de sí” que decía el maestro Nisargadatta.
En cualquier caso, la auténtica esencia y felicidad o plenitud, está siendo sacrificada. Recluida a espacios muy limitados o aplazada para cuando la sensación de seguridad subjetiva sea lo suficientemente consistente como para tomar riesgos.
Si la vida me lo tiene reservado, o las circunstancias externas o internas de la vida me son propicias, entonces, puede que la incomodidad venga a despertarme y comprenda que ese sacrificio al servicio de lo demás y de la pertenencia, no es el camino. O simplemente la vida en su devenir, me arrebata a través de la tragedia o el desafío, todo aquello a lo que me estaba aferrando para sentirme seguro o segura y me lanza al vacío del crecimiento.
En este caso, sentiré la llamada de la conciencia profunda, reclamando su lugar. El empuje del dar sentido a mi existencia y a lo que siento que es mi yo esencial. Como dice Gabor Maté “la opacidad del yo entre el mundo y nosotros”.
Y comienza un viaje en el que busco escucharme, atenderme y ser yo mismo o lo que interpreto por ser yo mismo. Y atiendo a lo que siento y a lo que necesito. Y ahí, en ese lugar surge una toma de conciencia, un espacio en el que atiendo a mis heridas de infancia y a todo aquello que me atrapó y busco superarlo, escucharlo, darle un espacio e integrarlo.
Este es un paso esencial y necesario, poder tomar conciencia de quién soy realmente y poder atenderlo y darle su espacio.
Sin embargo, esto supone también un riesgo. El riesgo es quedarme ahí. Seguir en el ego del nuevo yo que busca su satisfacción y su reconocimiento. Que escucha sus emociones que son legítimas y considera que esa legitimidad ya es suficiente como para justificar los actos que lleva a cabo para calmar esas emociones.
Un proceso egoico de darme lo que creo que necesito y me merezco. Es un lugar en el que compito, me reivindico, me defiendo y ejerzo una acción de conquista. La conquista de mi yo en su máximo potencial.
Y de esta forma, volvemos a olvidarnos del otro. Primero porque no existía. Segundo, porque nos hacía sentir en peligro. Luego porque descubrimos que nos manipulaba y nuestras necesidades estaban detrás de las de los demás. Y finalmente, cuando empiezo a escucharme, el otro pasa a ser alguien que me impide atenderme, no me deja estar en el crecimiento al servicio de mi yo. Yo, lo mío, mis necesidades, mi sentir, mis emociones.
De nuevo solos. Atrapados en un nuevo ego más sofisticado disfrazado de conciencia despierta. Incapaces de ver al otro como un legítimo ser diferente y al mismo tiempo igual en lo esencial. Atravesando el mismo viaje de la humanidad. En una rivalidad dual, en la que son o sus necesidades o las mías. Una nueva competencia avalada por el desarrollo personal. La legitimación de un nuevo yo que se cree en el despertar de la conciencia.
El “olvido de sí”, sigue ahí. Permanece. Ahora más satisfechos con nuestra ceguera que antes.
Somos solidarios con las grandes catástrofes del mundo, con los indefensos evidentes y con otras criaturas. Esto es un avance sin duda, pero somos mezquinos en la relación cotidiana con el otro. Con el que camina a nuestro lado y no forma parte del círculo de los míos.
Engañamos legitimados por nuestro sentir. Abusamos y generamos relaciones desequilibradas. De nuevo relaciones de poder, solo que ahora las defiendo como inevitables en mi devenir como ser que se eleva por encima de los otros en honorabilidad.
Sentir es el nuevo salvoconducto que me da el permiso para hacer casi cualquier cosa. Junto con las normas de lo correcto, lo normal, lo que debería ser, lo que me dice el cuerpo, lo que siento que me llama, lo que brota dentro de mí.
Mirándonos el propio ombligo, abandonamos el trabajo iniciado y lo dejamos a medias. Soy consciente de que habitaba atrapado en una jaula y ahora me muevo con facilidad y aparente libertad que no es más que revancha inconsciente y reivindicación de una venganza infantil.
Como adultos, debemos seguir adelante. El viaje de la conciencia no ha terminado. No ha hecho más que empezar. Mirar al otro como si pudiera ser yo. Es incómodo, me quita poder egoico. Me hace no poder disfrutar de todas las ventajas de tener razón. Me impide satisfacer mis necesidades emocionalmente irracionales. Mi herida no fue cuidada por el otro y ahora si abro mi corazón y lo miro, tampoco podré echárselo en cara.
¿Dónde queda entonces mi reivindicación vital, mi compensación? ¿Cuándo me toca a mi llevarme lo mío? ¿Cuándo se hablará por fin de mi libro?
El camino, no es de compensación. Es de conciencia. Es de despertar. Y es de comprenderse y comprender al otro. Es de abrir el corazón y mirarlo.
Y preguntarnos. ¿Cuándo fue, que borramos al otro de nuestra existencia? ¿Como fue que el yo se sometió a sí mismo y a los demás? Y, ¿cómo fue que al despertar logró volver a someterse de nuevo a sí mismo de una manera tan sofisticada que no nos diéramos cuenta?
Pero la satisfacción que buscamos para nuestro yo no está ahí. No está en mí. Claro que está en mi interior, pero no en mí. Está en encontrar al otro, dentro de mí y en abrir el corazón y en hacerme responsable del efecto de mis actos en el otro.
Mis acciones en el mundo sólo serán nutritivas realmente para mí si son una forma de traer el bien a este mundo. El amor y la paz. La felicidad y la alegría.
Si busco mi bienestar y el de los “míos” exclusivamente, sigo en el olvido de mí, porque el otro y yo somos lo mismo. Habitamos una falsa dualidad y si no comprendo esto en lo más profundo, seguiré dañándome a mí mismo a través del daño que pueda causar al otro, bajo la bandera de la legítima defensa, la virtud, o la legitimidad emocional.
No saber hacerlo mejor o diferente es comprensible y debemos mirarnos de manera compasiva, pero esto no nos hace menos responsables de los efectos en los demás de nuestras acciones.
La acción sin la intención de la conciencia despierta es una acción que siempre traerá algo bueno y algo malo.
Si ayudo a alguien en demasía, lo haré dependiente. Si no lo ayudo nada, igual no superará sus dificultades. ¿Dónde está la línea? Quizá en estar muy en conexión con uno mismo cuando ejerce esa ayuda. Y ser conscientes de cuándo es para el otro y cuándo es para mí en realidad.
Sólo viendo realmente al otro, podremos salir del infierno del yo. El viaje es del yo al nosotros y un nosotros donde no existe un otros. Donde todos tienen cabida, también nuestro yo.
Quizá deberíamos reflexionar como individuos de una sociedad, cuándo fue, que nosotros mismos, que yo, borré al otro y tomé mi “yo” como la medida de todas las cosas.
José Manuel Sánchez Sanz
Director de “El desafío de la conciencia”, del programa de coaching transpersonal, de los retiros de meditación y formador del curso sobre Eneagrama.