Todos los humanos sabemos lo que es sentir dolor. Los hemos padecido muchas veces a lo largo de nuestra vida. De niños hemos conocido profundamente el dolor por primera vez, lo recordemos o no. De adolescentes, en ese conflicto con la vida y ese no entender el molde en el que tenemos que meternos. De ser rebeldes en la juventud, el dolor del corazón partido, del rechazo amoroso o la dificultad con los padres y hermanos o el dolor relacional de cómo colocarnos en los grupos. Después vendrán las parejas, los matrimonios, la carrera profesional, los emprendimientos, las hipotecas, los desafíos de la crianza de los hijos… Todo con sus luces y sus sombras.
A pesar de ello, no se podría decir que estemos acostumbrados al dolor. Muy al contrario, nos altera, nos provoca un sufrimiento adicional que construimos a su alrededor, generado por nuestra mirada distorsionada y por la mochila acumulada de frustraciones, miedos o penas.
En realidad, podríamos decir que vivimos la vida en constante lucha contra el dolor y el sufrimiento que éste nos genera o que nos generamos al sentirlo. Una vida constante buscando cómo escapar, huir o eludir esta sensación.
Si nos centramos en nuestra biología y nuestro imperativo de supervivencia, es lógico que esto sea así. El dolor, el sufrimiento, es consecuencia de necesidades que han quedado frustradas o no satisfechas. Y, por tanto, nos transmite una sensación de incomodidad que parecería estar indicando que si ese nivel de sufrimiento se prolonga en el tiempo la supervivencia podría verse comprometida.
Por el contrario, si estamos alegres y satisfechos, como consecuencia de un placer o satisfacción derivado de una necesidad cubierta de manera exitosa, las indicaciones que recibiremos de nuestro cuerpo serán positivas, como dando a entender que vamos bien y que de esta forma estamos asegurando una mejor y más larga vida.
Así de simple. Sufrir es no cubrir necesidades. Y el placer es cubrirlas.
De esta forma podemos entender que emocionalmente en nuestro organismo sucede lo mismo en términos de sufrimiento con satisfacciones no cubiertas, como sucedería con una sed, cuando pasan las horas y no se accede a satisfacer.
Una necesidad es una excitación o una salida del estado de relajación del organismo, y éste no queda satisfecho hasta que no es cubierta. Pero si no es posible cubrirla, el organismo sufre y para evitar este sufrimiento, genera una defensa interrumpiendo la conciencia de la necesidad y fabricando distorsiones que tratan de alejar el dolor o el sufrimiento de ser conscientes de su no satisfacción.
Así, si decido no ir a pedir una promoción en el trabajo, me digo que no merece la pena porque el puesto ya estará dado, cuando en el fondo tengo miedo de ser rechazado y pasar por la experiencia de sentir ese rechazo. Pero la afirmación “no merece la pena”, me la digo de verdad, me manipulo para evitar estar en contacto con la necesidad y así evitar la posibilidad de sufrir. De igual forma digo que no me molestan las bromas de los compañeros cuando sí me hacen mella. O le digo a un amigo si quiere ir al cine conmigo y cuando me dice que no, me digo a mí mismo que lo prefiero porque así puedo ir solo a la película que me gusta sin tener que negociarlo.
Somos fóbicos al dolor y nos inventamos historias para no sentirlo, para disociarnos de él. Compramos objetos y acumulamos ropa o experiencias, horas de móvil o pantallas, series de TV o comidas que con su sabor agradable al cenar nos compensan de la vida de un día que, en el fondo, nos dejó insatisfechos. Nos aburrimos y nos desconectamos. El aburrimiento es consecuencia de la insatisfacción pero que no paramos a observarnos el tiempo suficiente como para poder tomar conciencia de dónde nació esa insatisfacción o qué es lo que sentimos realmente.
El sufrimiento es consecuencia además de nuestras historias incompletas. De nuestra mochila de experiencias dolorosas que arrastramos del pasado. Sentimos dolor en el presente por lo que sucede, el dolor es algo natural, pero el presente se somete a las expectativas de todo nuestro guion de vida y nace el sufrimiento. No es la frustración de una necesidad no cubierta, es la historia de la serie de necesidades que esta frustración presente vuelve a despertar hasta fusionarse en una sola gran herida, que sigue sangrando desde hace años y que cada nuevo rasguño hace brotar de nuevo.
Sin embargo, ese que sangra, ese que siente el dolor, ese … no somos nosotros. Ese no eres tú. Solo estás identificado con él o con ella. Es lo que tú haces, lo que tú sientes o piensas, pero no es lo que tú eres.
Los humanos tenemos una programación diseñada para alejarnos del dolor. Para buscar sentirnos a salvo. Así pretendemos sobrevivir. Es una programación heredada y generada por nuestras primeras experiencias en relación con el entorno. Es una estrategia adaptativa para sobrevivir sin sentir excesivo sufrimiento. Bueno, ahora ya sabemos que no lo consigue con éxito. Sufrimos igualmente o, si no somos conscientes de ello, pagamos igualmente sus consecuencias. Al final todos somos conscientes más o menos de la ausencia de plenitud que esa incomodidad nos genera.
Pero, dentro de nosotros, al otro lado de la respiración, hay algo profundo e invulnerable. Más allá de las necesidades y de las heridas. Hay algo nuclear que es luminoso y abundante. No se trata de que nadie satisfaga nuestras necesidades, se trata de abrir el corazón hacia nosotros mismos. Porque la necesidad es siempre una. Ser digno de ser amado. Y esto es algo que podemos hacer nosotros hacia nosotros mismos.
Contemplando nuestro camino, podemos vernos luchar contra los elementos, buscar la luz en la oscuridad y abrir la mirada hacia la compasión de ver cómo buscamos, enredados en la niebla, una referencia del sendero a seguir.
Tan solo queremos ser felices y no sufrir. Pero no sabemos cómo hacer esto y nos perdemos una y otra vez en dolorosos procesos de búsqueda de una solución que venga del mundo exterior y que nos salve de esta desorientación. Nos cuesta comprender que la brújula está dentro.
Dentro de nosotros, al otro lado de la respiración, habita la paz y la armonía. Desde ese lugar observamos nuestro dolor y nuestro sufrimiento como un proceso que nos sucede, pero nosotros no somos eso. No somos el sufrimiento del otro y tampoco el nuestro. Eso tan solo es una parte de nuestra programación, como lo son los pensamientos o las emociones o incluso las sensaciones corporales. Nosotros no somos eso. Tan solo forma parte del programa, con el que estamos identificados, al que llamamos yo. La experiencia vivencial constante con la que habitamos el mundo. El traje que hemos tomado para vivir la existencia. Ese es nuestro programa. Siempre alerta para asegurar el futuro. Defendiéndose del sufrimiento y buscando una forma de estar en el mundo sostenida y estable.
A través de la práctica de la meditación, observamos nuestra respiración, observamos los procesos de nuestro programa y esa contemplación va generando poco a poco una distancia. Al igual que si observo un cuadro o cualquier otro objeto, es porque estoy distanciado de él y no soy el objeto, si observo con calma, mis pensamientos, mis sensaciones físicas, mis emociones, mis anhelos y deseos, mis necesidades, y lo observo de forma sostenida el suficiente tiempo, podré observar el programa, mi estructura de defensa, el diseño con el que estoy identificado. Y si lo puedo observar, es porque no soy eso.
Observar el tiempo suficiente los procesos de mi existencia terrenal, me abre el corazón, al ver a mi alma debatirse en la adversidad y luchar por entender, comprender, controlar para sentirse a salvo, buscando la pertenencia o el amor. El deseo de ser escogidos, elegidos, amados. El deseo de asegurar el futuro. El deseo de sentirse valioso. Dignos de amor. Y el profundo deseo de amar. ¿Cómo no abrir el corazón a un alma que trata de lograr vivir y entenderse a sí misma y muere en el intento?
Observar cualquier proceso el tiempo suficiente desvela la esencia de lo que sucede y deja que emerja lo que realmente somos como seres. Somos completos y somos esencialmente amor.
Somos seres plenos y si conectamos con ello, si conseguimos habitarnos desde ese lugar, nada puede alterarnos porque la plenitud no necesita de plenitud.
El camino hacia esa plenitud es el camino de la compasión y la apertura del corazón. Y tras todo acontecimiento exterior y tras toda interacción relacional, el proceso es el mismo. Almas desesperadas por encontrar su plenitud en medio de la desesperanza. Compitiendo por la vida plena como su fuera un bien escaso que nos pudieran arrebatar. Almas y más almas ciegas, sordas y mudas sin conectar con la esencia de la existencia, habitando las pequeñas vidas con la esperanza de que ahí estén las respuestas.
Pero la respuesta está dentro, en un corazón abierto. Si somos capaces de hacer salir el sol la vela ya no será necesaria. Ni siquiera tendremos que preocuparnos de apagarla, simplemente habrá perdido su sentido.
Todos nosotros llevamos un sol dentro. Tan solo hay que viajar hacia él hacia el interior y para ello debemos afrontar y atravesar nuestra estructura de defensa. Nuestra programación. Reunir el coraje de mirar el dolor, las heridas y el sufrimiento propios con compasión. Observar todos los procesos. Permanecer en la mirada. Mantenernos firmes más allá del ego, de la necesidad de tener razón o de ser los buenos de las diferentes narrativas de nuestra vida. Mantener la mirada sin apartarla de lo difícil. Sostener el dolor y la dificultad, hasta que el mecanismo quede a la intemperie, evidenciado, y podamos conectar con la necesidad legítima que hay más allá, comprender, discernir y contemplar cómo de forma inevitable, en la esencia, brota el amor.

José Manuel Sánchez Sanz
Director de “El desafío de la conciencia”, del programa de coaching transpersonal, de los retiros de meditación y formador del curso sobre Eneagrama.